Aquellas miradas no eran de este planeta. Ella lo sabía, cada vez que en los pasillos se cruzaba con el hielo que, nunca mejor dicho, la dejaba helada. No sabía si seguir las señales o simplemente dejarlo estar, porque su vida de por sí ya era demasiado complicada como para volver a los años ochenta a perderse en esos derroteros. Bastante tenía, con ser sastre de sus propias sonrisas y no tener una suma más añadida a su preocupación. Pero a veces pensaba, ¿por qué no? y un ojalá se le escapaba en forma de suspiro siempre que Él se marchaba.
Rubia no podía quedarse quieta. Por eso, entonces...
No se lo esperaba. No así. No sin el blanco. Pero allí estaba, con una sonrisa y ganas de llevársela. Aunque eso, Ella no lo supo hasta el final de la noche...
Y fue la amanecida más mágica de su vida, porque tembló cada fibra de su ser con cada caricia, cada mirada, cada palabra.
[texto en borrador, desconozco el por qué lo escribí, ni cuando...]
No hay comentarios:
Publicar un comentario
"Habla para que yo te conozca", esto lo dijo Sócrates.
Deja un comentario (me encantará leerlo) pero no seas de esos que habla sin antes pararse a pensar...Y recuerda que no importa lo que yo escriba, sino lo que tu entiendas. =)