Hoy necesitaba conducir como nunca...pero no pude hacerlo cuando quise. Sin embargo, horas más tarde, aquel coche oscuro vino a por mi. Su conductor me dejó las llaves, confiando en mi pericia al volante. ¿A dónde íbamos? No lo sabía. Me dejé llevar por el instinto, y algo me decía.... Entonces suena una canción, que me convenció de pasar por delante de aquel número. Y, sin sorprenderme, comprobé que mi intuición no me fallaba, sabiendo que me iba a encontrar allí, por fuera. Lo que no esperé fue un color. Pero eso ya es otra historia...
Tras una breve parada seguí conduciendo, y me perdí por unas carreteras que conozco bien, pues llevan al bosque, a Mi Bosque....sólo que me aparté en un "mirador" sí así puede llamarse; no llegué hasta aquel bosque porque me detuve a contemplar las luces en la noche, allá abajo tan lejano, mi casa se vislumbraba incluso... De pronto, un ladrido. A mi izquierda. La brisa sopló algo más fuerte, revolviendo mi pelo. Giré la cabeza y...una casa. La casa. Su casa. Un escalofrío me recorrió la espalda. Cerré los ojos, respiré hondo...y me di la vuelta, para seguir contemplando aquel paisaje nocturno, salpicado por pinceladas de luces amarillas y blancas. Incluso por un momento dejé de pensar, concentrándome solamente en el cri cri de los grillos, en el croar de las ranas, algún que otro ladrido....y la brisa, que venía silbando desde lejos muy bajito contando historias de imposibles... Cerré nuevamente mis ojos y envié un beso al viento...tan cerca, y a la vez, tan lejos...
La carretera me llamaba a gritos, la Luna sugería una visita...y seguí conduciendo un poco más. Al llegar a aquella recta volcánica encontré donde apartarme, y detuve el motor. El cielo tenía un extraño color azul, las estrellas brillaban algo tímidas...y la Luna, madre mía la Luna: casi llena, emitía su luz con todo su explendor, como un ojo gigantesto observando la vida nocturna, observando a la pequeña insignificante de Lunn, que osaba mirarla de frente y sin miedo a la oscuridad que la rodeaba.
Aldebarán saludaba, tintineante. Y pronto llegó la hora de regresar; de camino, imponente y magnífico, su sombra, la de El Padre de cualquiera que se sienta de esta tierra tan maravillosa.
Y no, no voy a mentir: para qué engañarnos. Quedé con las ganas de hacer aquello, contradicción fatal que no consigo explicar; lucha interna entre mi mente y mi corazón, la razón versus sentimiento. Pero quizá fuese la hora, y tal vez el conocer (o más bien suponer) una respuesta lo que hizo que continuase mi viaje de regreso sin parar antes e ir a buscar aquello que se encontraba escondido en aquel lugar en las alturas para mirar el valle... Esta vez ganó la razón, lo único que no sé es cuanto tiempo quedará mantenido a raya por culpa de la contradicción este pequeño corazón.



