viernes, 4 de enero de 2013

Mi niña.

Volví a soñarla hace unas noches. 
Era más mayor, aunque no mucho más que la primera vez que la soñé. De nuevo algo malo ocurría, venían a por ella. Corrimos las dos y la oculté, le pedí que se escondiese y no saliese, que huyera en cuanto yo fuese capaz de despistar a aquellos que nos buscaban. Mi niña...

Desperté bastante mal, abriendo los ojos de par en par como si me hubiese quedado sin respiración y como respuesta mi cuerpo reaccionase despertando y cogiendo una bocanada  de aire de repente. Era ahogo lo que sentía. Y acto seguido, e incluso ahora al recordarlo...lo que más me gustaría es abrazar a esa pequeña, mecerla en mis brazos y decirle suavemente al oído que no pasa nada, que mamá no la va a dejar sola. 

No existes, y no sé si serás como te he soñado ya dos veces. Lo único que sé es que, el día que llegues, te vas a tener que aguantar a un pegoste de madre. Porque, incluso sin existir, ya te echo de menos. Millones de besos, al infinito, al Universo...para mi niña, esa cosita dulce de mirada color mar. 


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"Habla para que yo te conozca", esto lo dijo Sócrates.
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