domingo, 4 de marzo de 2012

Se dio la vuelta, me miró a los ojos y lo dijo todo.

   Entró en aquel local como si fuese un huracán. Lo noté por la brisa, que me trajo su aroma afrutado, con un toque de rebeldía no estipulada, lo cual hizo que me volviese en busca del rastro de aquel olor. Entonces la ví: cruzaba las piernas como si de una modelo de alto standing se tratase. Su pelo negro azabache se ondulaba con cada movimiento, con cada paso marcado con un golpe de cadera que hacía que más de uno perdiésemos el sentido allí, al contemplar a esa diosa descendida de los cielos hasta aquel antro terrenal. Sus ojos se mantenían fijos en algún punto de ninguna parte, quizá en las botellas de vodka que descansaban tras la barra en la estantería. Su boca color cereza dibujaba una pícara sonrisa, esbozo de suficiencia, de que ella era la dueña. Su elegancia la colocaba en una posición inalcanzable para muchos de lo que allí estábamos suspirando por el olor de su pelo, por el calor de su piel...por un baile prohibido junto a su cuerpo.

   No podía dejar de mirarla. Se había acercado a la barra y le escuché, a pesar del volumen de la música, pedir un vodka con limón bien cargado. No tardó ni dos segundos en bajar el contenido del vaso, y se lanzó con su andar altivo a bailar en la pista un tema muy acorde a lo que sucedía: Me deja pensando, de Tony Dize. No podía dejar de observarla, cada movimiento me enloquecía por momentos.  Bailaba en medio de la pista, con los ojos cerrados y sonriendo. Parecía que nada ni nadie le importase, como si estuviese sola en medio de aquel gentío. Giraba sobre sí misma, con movimientos de su cintura que cada vez me ponían más y más enfermo. Me dio la espalda. Yo ya no sabía hacia donde mirar: era inevitable no hacerle un escáner completo de su anatomía. Sin esperarlo, volvió a girarse, abrió sus grandes ojos castaños con brillos de purpurina dorada y encontró los míos acariciándola en cada pestañeo. Fue entonces fue cuando apuré lo poco que me quedaba en mi vaso de wisky con agua, y decidí probar suerte: me lancé al vacío junto a ese ángel, para sentir que puedo volar por las nubes, para sentir que sí existe un cielo.

   Contra todo pronóstico, ella continuó bailando sin importarle que me acercase a ella e intentase seguir su ritmo. Giraba de nuevo, con los ojos cerrados, perdida en su mundo infinito. Y yo sin saber como acercarme a ella, como alcanzarla. Pero no me rendí. Me pegué a ella, sólo lo justo. Me correspondió con un sutil gesto, el tocarse el pelo y al dejar caer la mano rozar mi brazo. Decidí hacer como ella y olvidar al resto, con lo que cerré mis ojos y me dejé llevar. Fundirme con su danza. Sentía los bajos de la música como los tambores ancestrales que una vez marcaron el ritmo de la tribu de los inicios de la vida. Sentía el calor, como el del fuego de una hoguera en la que se baila alrededor. Sentía la brisa, esa proveniente de su risa, del movimiento de su pelo al moverse rodeándome. Deseaba fundirme con ella en aquel baile sin precedentes.

  Abrí los ojos de repente al sentir su respiración muy cerca de la mía, pero ella me daba la espalda. Y de repente se dio la vuelta, me miró a los ojos y lo dijo todo. No tuve dudas de que quería algo, aunque sin saber que tramaba sabía que podía perderme en su mirada y quedar atrapado durante mucho tiempo. Me sonrió. El acto involuntario de morderme el labio inferior me delató, junto con una mirada desde sus ojos hasta sus largas piernas. Escuché su risa. La miré una milésima de segundo y me pregunté qué tiene de diferente, por qué puede ser tan sensual sin rozar lo ordinario, por qué puede hacerme tambalear el suelo, por qué me deja pensando... Sé que me está provocando cuando me mira de ese modo, cuando a su movimiento de cadera acompaña una sonrisa y una mirada fija que ruega pero ordena. Me debato entre si seguirla a donde vaya o dejar que todo termine cuando acabe la canción que suena. Y noto la contradicción: el no querer depender de ella, el querer ser su esclavo.

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   Vuelve a tocarse el pelo, mientras mueve la cintura de una forma indescriptible. Y sus ojos se me clavan en los míos. Comienza a buscarme en esa danza que nos marcamos juntos. Se acerca a mi, sin rozarme, pero lo justo para desestabilizarme aún más. Apoya sus manos en mis hombros, la cojo por la cintura y hacia mí la atraigo. Frente a frente, su nariz roza la mía, y siento como sus ojos bucean en mi alma en busca de algo que no consigo determinar. Si pudiese leer mi mente sabría que me he rendido a ese momento, a ella y su baile demencial que me hace perder la cordura de una manera bestial. Siento que me hallo en un sueño, como si de dirty dancing se tratase: conectamos a cada segundo que pasamos bailando. Ella me busca con sus ojos, yo le correspondo con mis manos. Agarro suavemente su cintura, pero no la suelto. Muevo su cadera al compás de la mía, regida por la música. Me atrevo a cogerle su mano y hacerla girar. Ella ríe. La sujeto de nuevo y me recuesto sobre ella, echando su espalda para atrás. Ella cierra los ojos, sigue riendo. Cuando la incorporo su nariz se encuentra rozando la mia, sus ojos se abren y me mira. Se detiene el tiempo, y no hay ni gente, ni música alrededor. Sólo estamos nosotros dos. Nuestras respiraciones son agitadas tras intensos momentos de baile. Siento como si hubiese corrido una maratón. Ella se sujeta a mi cuello y apoya su cabeza contra mi pecho. La abrazo y suspiro. La canción ha terminado y la siguiente que suena se me antoja sin sentido, porque ya no compartimos movimientos.

  Ella alza la cabeza y busca mi mirada, que se halla perdida entre las botellas de vodka de aquella estantería tras la barra. Me acaricia el cuello, me besa el mentón. Entonces reacciono. Busco en sus ojos una respuesta a su acción, pero baja la mirada. La cojo de la mano y la arrastro fuera de la pista. Ella se deja llevar...

  Fuera de aquella multitud, en un rincón en el que la música queda algo aplacada, iniciamos un diálogo mudo. No pronunciamos ni una sola palabra. Ella me mira los ojos, recorre el contorno de mi cara acariciándome con su mirada. Se detiene en mi boca. Se humedece los labios. Yo me bloqueo y no soy capaz de reaccionar. Da un paso hacia mi, yo otro hacia ella. Me mira largamente, y deposita su dedo índice sobre mi boca. Acaricia suavemente las líneas de mis labios. Me provoca morderla, por atrevida. Y eso hago. Ante la acción queda algo sorprendida, abriendo aún más si cabe esos ojos tan grandes. Y ríe. Cómo me gusta ver esa sonrisa, escuchar esa risa. Hasta sus ojos acompañan el gesto: brillan.

 Suena Satellite, de Jorge Montero y Santana. Me agarra el cuello de la camisa al son de las trompetas, y me envuelve en su aroma, lo cual me atonta de nuevo. Definitivamente, estoy perdido. Bailamos por última vez, yo buscando su aire que me devolviese algo de cordura, ella buscando mi boca para beber de ella. La mezcla de danzas pone de manifiesto que esta mujer sabe acerca de ello. Y yo, pobre iluso, sólo me dejo llevar por la música. Y por ella, que es la musa. Me deleito por última vez, mientras Santana puntea con su guitarra eléctrica, en su danzar salsero, sus giros, sus meneos. Y pienso que es extraño que por una noche un ángel decida bajar a la tierra para hacerme sentir como en el cielo. De acuerdo con Jorge Montero deseo entrar en su piel, y confundirme con cada lunar que la adorna. Quiero perderme en cada rincón de su fisonomía, permanecer en sus sueños cada noche y navegar en sus cielos cuando ella mire hacia ellos, cuando busque estrellas.

   Sé que es impenetrable, que a pesar de compartir un par de canciones, en su corazón es muy difícil entrar y guiarla hacia otros mundos. Porque ella es una chica independiente: lo hace notar con su proyección de sí misma. Es dueña de sus acciones, de sus silencios, de sus movimientos. Dueña de su mundo, y de lo que decide hacer.

   Termina finalmente la canción y ahora sí que sé que ha llegado el final. Cambian el registro de la música que suena, y si antes forzaba a la provocación y al baile desenfrenado ahora incitaba a un vals lento, un baile de enamorados. La pista de baile se vacía, siendo el momento perfecto para ir a reponerse con una copa, y para las parejas disfrutar de un momento para ellas. Ella me sujetó las manos, y bajo la luz parpadeante de los focos, comenzó a girar. Colocó sus manos alrededor de mi cuello. Volví a sujetar su cintura, controlándome por no atraerla hacia mi y besarla. No debía hacerlo. La miré larga y profundamente. Y me besó con la mirada. Sus ojos contaban mil y una historias acerca de sus deseos y miedos. Comprendí que tras esa apariencia de mujer indomable se escondía la niña más dulce que había pisado la faz de la tierra. Me pidió silenciosamente que no contase nada, que guardase esa información para mí. Con un abrir y cerrar de pestañas asentí. Seguíamos sin dejar de balancearnos, vaivén marcado por Christina Aguilera y El beso del final. Volvimos a juntar nuestras caras. Su respiración descansaba sobre mi pecho. Mi respiración la envolvía. No quería que acabase la canción, porque ella estaba tan cerca... Sujeté su cara con suavidad, la hice alzar los ojos para buscar los míos. Lloraba. ¿Por qué? Me terminó de romper los esquemas, y me quedé sin saber que hacer. Besé suavemente su frente, y ella cerró los ojos.

   La canción llegaba a su fin y seguíamos meciéndonos el uno al otro. La abracé con fuerza. Ella se fundió con mi ser. Yo también cerré los ojos...y para cuando los abrí me di cuenta de que ella ya no estaba, que se había esfumado. En mí se instaló la duda acerca de lo vivido minutos atrás, si fue real o sólo lo había imaginado. Pero entonces me llegó una brisa con un aroma conocido, un olor a fruta tremendamente particular. Y así supe que ella fue real, que la conexión existió. Aunque no la volviese a ver jamás.

   Dejó huella en mi alma y aunque en esta vida no sea capaz de encontrarla, quedará en mi mente para siempre esa noche en la que una diosa visitó aquel local, esa noche en la que un ángel decidió descender de los cielos y renovar esta alma apagada por el día a día. No olvidaré sus ojos, tan buenos trovadores de historias pasadas y futuras. Y su boca, esos labios que prometían alcanzar la luna...serán recordados como ese tesoro que encuentras pero no quieres dejar a la vista, como ese secreto que sólo uno conoce. El recuerdo de su tacto sobre mi piel será aquella sensación que me haga moverme, que estimule nuevos latidos de mi corazón...a pesar de que nunca más nuestros latidos se sincronicen, a pesar de que jamás nuestras almas se vuelvan a encontrar en esta vida.



3 comentarios:

  1. debería estar prohibido escribir así, llega a ser indecente jeje

    ay madre casi no termino, de leer eeehhh, que se te pone una congoja, una angustia o un vete a saber que creí que me daba un patatús uffffffff demasiado p´al body,

    ¿Dónde se hallará mi pobre iluso? Me gustaría acariciar suavemente las líneas de sus labios.....(suspiro)

    Dejémoslo ahí.

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  2. La conexión existió, sí, o al menos eso es lo que parece. Aunque no nos volvamos a ver jamás.

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