Hoy llovía. En meses no había caído ni una sola gota con fundamento, y hoy llovió. Estaba con una compañera hablando, y noté el olor a lluvia. Se lo dije, y ambas nos asomamos a la puerta, a ver ese espectáculo tan poco común... Miré al cielo, completamente gris, excepto una pequeña esquinita, que se veía el fondo azul. A lo lejos se escuchaba un Tananá. ¿Señales? No lo sé. Pero unos pocos minutos después me llaman, y me cuentan. Los pelos de punta, y esa furgoneta que los lleva cuando deciden dormir para siempre aparcando muy cerca.
En esos momentos pensé mil y una cosas, y desde esta mañana hasta ahora que he sido capaz de sentarme a plasmar algo he seguido pensando ¿cómo expresar algo tan intenso, tan grande, tan triste?
Nadie merece irse tan pronto. Nadie. Y menos alguien como ese chiquillo que apenas comenzaba a vivir. Sé que le he visto, pero soy mayor que él y por tanto no lo recuerdo perfectamente. Pero sé que vecinit@s, y hasta mi propio hermano, saben quien es por tener un trato continuo, y hablan maravillas de él.
Dice la canción que cuando los ángeles lloran, lloverá; un ángel que cayó, que se fue y no volverá. Una sonrisa y un alma noble menos en este mundo porque la Vida lo quiso así.
Y a veces no entendemos por qué ocurren así las cosas, por qué se marcha gente tan joven, por qué se van aquellos que son tan nobles que no merecen nada malo, pues son ángeles terrenales que viven a nuestro lado. A él le tocó marchar, y todos los que dejó atrás no lo olvidarán. Dolerá, claro que dolerá. Pero como todo, la vida pone obstáculos para superar, y este es uno de ellos. Quizá esto nos enseña que debemos valorar los días, y aquellos que dicen que su vida no vale nada y no merece la pena estar aquí no saben la magnitud de sus palabras. Porque J. se marchó hoy, y no lo eligió. Estoy segura que el apostaba por la opción de VIVIR. Pero toca, a veces toca. Y lo único que sentimos que podemos hacer es llorarle, porque no podemos traerle de vuelta por mucho que lo deseemos. A la familia, amigos, compañeros y profesores que hoy han vivido todo esto, fuerza. Fuerza, porque es lo único que queda. Y a tí, dónde quiera que estés, descansa. Sé que ellos no se olvidarán de tu sonrisa, no se olvidaran de aquel 9 de febrero de 2012 cuando partiste y te llevaste una parte de ellos contigo. Pero también los que aquí se quedan han de pensar que tienen también una parte, una pequeña parte, de tí, de lo que aportaste con esa nobleza y bondad que dicen que te caracterizaba. Nunca sabremos si estabas predestinado a hacer grandes cosas, quizá con tu muerte consigas que sucedan. Uno ignora el por qué ocurre algo de tal manera, y no nos gusta que se pierda una vida. Creo que a nadie le gusta. Y yo, con ese sentimiento, esa vocación por cuidar, puedo asegurar que cualquier muerte me duele y no me deja indiferente, pero también sé que es algo que se debe afrontar, luchar, vivir la vida que se nos regala, y que a otros se les arrebata.
Hoy llovía. En meses no había caído ni una sola gota con fundamento, y hoy llovió. Hoy llovía, mientras se escapaba un alma, entre suspiros de vida. Hoy llovía, y fue el día en que Aquella Que Nadie Espera decidió venirte a buscar. Hoy llovía, y nadie podía imaginar que en horas ya no estarías. Hoy llovía, y hoy el cielo lloraba por la pérdida de un ángel que en la Tierra vivía. Hoy llovía...y tú te marchaste a descansar.
J.L. Siempre en el alma de aquellos que disfrutaron del toque mágico de tu ser.
p.d: Valora tus días, hay quien no puede elegir vivir.
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