La tarde se presentaba con un sol radiante sobre el Polo Norte. Sialuk e Igaluk salieron y se dieron cuenta de que no hacía tanto frío para sus abrigos de pieles. Pero no importaba: ellas sabían que al caer la noche ese Sol dejaría paso a la Luna, sabían que el frío llegaría con la oscuridad de la noche. Corrieron montaña arriba (sus iglúes estaban al final de la ladera) y se adentraron en aquel poblado, tan rebosante de vida aquella tarde. Cual fue su sorpresa al encontrar muchos niños jugando, lo cual no esperaban "¿Dónde están los nuestros?", pensaban. Los ancianos también se divertían, emulando los juegos de los niños, pero con muchos más años tras sus espaldas.
Caminaron y caminaron entre la multitud, asombradas por la variedad de etnias congregadas aquella soleada tarde en su poblado, hasta encontrarse con unos amigos de la infancia. Decidieron entonces compartir con ellos un rato, y se dedicaron a ver desfilar ante ellos a cada raza que se presentaba por aquel lugar. Al cabo de un largo rato optaron por unirse a la multitud, y seguirlos hasta el final del poblado: la Gran Plaza.
¿He mencionado que aquel día había fiesta? Sí, esa era la razón de tanta etnia, tanta cultura mezclada en aquella tarde aciaga que poco sol tenía ya. Al llegar allí Sialuk encontró a su hermano, algo cansado, pues él también había seguido a la multitud. Como el pequeño estaba agotado, lo acompañaron de vuelta a casa.
Antes de regresar a aquella festiva plaza, las dos jóvenes decidieron cazar algo, pues Igaluk tenía mucha hambre. Tras como un poco (lo cual les llevó cerca de una hora y media) caminaron veloces de vuelta a donde la muchedumbre se congregaba, hasta la plaza. Al llegar allí escucharon música, y pudieron observar que todos bailaban; había especímenes de todo tipo: algunos divertidos, otros que daban algo de miedo, mayores, pequeños...
Las dos jóvenes bailaron y rieron, encontrándose con otros a los que hacía tiempo que no veían. A Igaluk la sacó a bailar un chico de etnia desconocida, y ella no se sentía muy cómoda. Tras varios intentos de pedir ayuda a Sialuk, ella se dio cuenta y la rescató. El pobre chico se quedo con cara de decepción: no era el tipo de Igaluk. Entonces, tras dar una vuelta por la plaza, le vieron: un guerrero, posiblemente de tierras lejanas porque jamás le habían visto. Sialuk se lo sugirió a Igalukm y esta asintió, en señal de que el joven estaba de buen ver. Pero la cosa quedó ahí, pues se encontraban sedientas y fueron en busca de algo de beber a un riachuelo cercano que, a pesar del frío, jamás se helaba. Descansaron un poco y volvieron a laGran Plaza, y cual fue su sorpresa que el joven guerrero no estaba. "Oh, que pena", dijo Sialuk. Pero no le dieron mayor importancia, y siguieron bailando y riendo juntas.
¡Oh! De nuevo ahí estaba. Ahora era el momento de que Igaluk jugase con sus ojos de hielo, pero se negaba, porque el joven guerrero no le correspondía la mirada. Sialuk, de forma espontánea, le dijo a su amiga "Vamos a mirarle, a ver si así...". Y lo hicieron. El joven guerrero pasó a su lado y las miró, entre medio asombro y medio curiosidad, y ellas rieron. Al final, acabaron hablando (qué cosas, ¿no?), el joven le preguntó sus nombres y dio el suyo. Además, también les presentó a otro chico amigo suyo, otro joven guerrero.
Ambos jóvenes quedaron anonadados con la belleza de los ojos de hielo de Igaluk, perfecta combinación con su blanca tez y su pelo color revolución. Sialuk reía ante las reacciones de su amiga, que se mostraba tímida y cohibida ante los halagos. Finalmente Igaluk se decidió a bailar con el joven guerrero, y su amigo hizo lo propio con Sialuk.
Un rato después hizo acto de presencia un corsario, hermano del guerrero que bailaba con Igaluk; era un hombre alto, de larga melena y ojos penetrantes que contaban historias, con la misma sonrisa que su hermano. El corsario fue presentado, y a Sialuk le dijeron que bailase con él. Quedó impresionada por las dotes de danza que poseía aquel hombre, ya que se dejaba llevar por la música y la llevaba a ella. Tras el baile, Sialuk decidió preguntar al corsario sobre su procedencia, y descubrió con asombro que no andaba tan lejos: las montañas. Aún así era un lugar poco conocido por ella y su amiga, razón por la cual no conocían a los muchachos, ni siquiera de vista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
"Habla para que yo te conozca", esto lo dijo Sócrates.
Deja un comentario (me encantará leerlo) pero no seas de esos que habla sin antes pararse a pensar...Y recuerda que no importa lo que yo escriba, sino lo que tu entiendas. =)