Respiras a mi lado, siento tus latidos: tu pálpito.
Desprendiendo calor por cada poro de tu piel, es imposible pasar frío a tu lado.
Tu mano, con mezcla de timidez y ganas, acaricia mi piel. Se me eriza, haciendo amagos de escalofrío.
Y en medio de la oscuridad, decidimos que es buena idea compartirnos, repartirnos a cachitos el uno al otro. Tu me das un poco de tí, yo te doy un poco de mí. Aunque no queramos confiar, en ese momento creo que nos olvidamos un poco de todo. Al menos yo, lo consigo...
Como si hubieses sido hecho a mi medida, encajas perfectamente tu cadera con la mía, sin duda ninguna. Sigues desprendiendo mucho calor, y yo intento retener un poco para no morir helada en medio de la noche. Tus manos se mueven por mi anatomía, reconociendo cada recoveco como si ya hubiesen estado allí desde mucho antes. Y mi corazón se acelera.
Me envuelves, y te noto en todas y cada una de las esferas posibles. Te escucho. Te toco. Y adentro, me llenas.
No intentes acallar lo que produces. No vale la pena que intentes ahogar los sonidos que se me escapan en el momento en el que más ahondas. Me agarras tan bien, como para que no me escape, y no sabes que no me quiero ir... A ninguna parte. Porque tienes un puto imán, tú y tu cama, que no me dejan marchar. Y es que ahí, me siento como en casa.






