Su melena cobriza ondeaba cuando la ligera brisa marina de aquel pueblo costero se la mecía. La salitre saltaba de las aguas a su cara, pues también la brisa la arrastraba consigo. Ella tenía la mirada perdida en las olas, en su espuma...para variar, su mirada perdida en el mar... Mientras, pensaba en que últimamente había sentido esos escalofríos que precedía a que sucediese algo relacionado con pensamientos, sueños o personas de las que hacía tiempo no sabía nada. Y al leer la madrugada pasada un libro que hablaba de historias imposibles, recordó a otra pelirroja, que predijo en su día un suceso que al final ocurrió. Casualidades, causalidades, coincidencias...quien sabe.
Ella sonrió, mientras recordaba mirando al mar aquel día; mejor dicho aquella noche en la que supo que la sensibilidad para ciertas cosas iba más allá de su propia piel. Jugó con un mechón de su pelo de reflejos rojizos y pensó que no podía ser coincidencia, que tal vez las brujas tienen el pelo rojo...
Rojo como el fuego que las hacía arder, rojo como un mágico atardecer que tiñe el cielo carmesí, rojo como la magia que recorre sus venas, rojo pasión como las que pasiones que levanta, como la sangre que derraman algunos de sus actos, del mismo color que los ojos que dejan tras su partida
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