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Ahora se acercan ciertas
fechas, en las que las calles se llenan de luces, los escaparates se adornan,
se cantan villancicos, se reúnen las familias, se ven a viejos amigos…
Ahora, que vuelve la Navidad,
yo me marcho. Sí, me voy; no puedo evitar retraerme, porque estas fechas no me
terminan de convencer. Es contradictorio, un sí y un no a la vez.
Hoy me preguntaron (por
enésima vez) por qué tengo esta cara en Navidad. Para empezar, es la única que
tengo. Pero parece ser que una sonrisa no es suficiente máscara para esconder
unos ojos tristes a punto de llorar. Mi respuesta ha sido la más
clara y sincera que he podido encontrar: no me convencen estas fechas.
“¿Pero no te gusta la Navidad?”, me dijo aquella mujer. “No, creo que de momento, no”. Ella no se quedó con el trasfondo de esa frase. ¿Y tú? (Luego te lo cuento…o mejor: encuéntralo)

No me gusta la Navidad porque desde hace varios años falta gente en la mesa, y
lo más triste de todo es que no es porque se hayan ido al cielo, si no porque
decidieron dejar de estar (en Navidad, y el resto del año).
No me gusta porque ya no
existe esa ilusión de los peques de la casa, pues todos han crecido…y ya no hay
a quién decirle “pórtate bien que los Reyes te están mirando”, o un día cinco
de enero por la noche “mira, ¡¡qué ya vienen!!, Gaspar…¡¡Gaspaaaaaar!!”.
No me gusta, porque hay
familias que se han disgregado, y ya no se juntan como antes. Porque todo son "problemas", quejas, victimismos...y no son capaces de dejar a un lado todo eso por disfrutar la suerte de, un año más, podernos ver las caras en la mesa. Encima que cada
vez quedamos menos, se alejan más…
No me gusta la Navidad,
porque conforme a ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que prima más la
falsedad de que un buen deseo, de esos que se hacen con el corazón. Y se ha
hecho de esta celebración toda una excusa para vender, cuando los mejores y
auténticos regalos para mí no son cosas: son personas, y los momentos que
podemos llegar a vivir y compartir con ellas.

Llega el día de Navidad y
para mí es un día más. No me malinterpretéis, ojo. Me encanta ver a la gente
reunirse, comer juntos; adoro cuando alguien me cuenta que ha hecho el árbol y
el belén con algún hermano/a… Porque eso ya, cada vez, siento que se ve menos.
Siento que se pierde.
Me tachan poco más que de
sosa, hereje, negativa, aburrida…y vete tú a saber qué más. Y lo siento, no
puedo evitarlo. Creo que pocas personas comprenden el vacío que se me queda,
porque me falta ilusión, me falta magia en todo esto. Me falta, tal vez, volver
a creer.
Supongo que la Navidad
volverá gustarme aquel día en el que levante con la ilusión de que mis hijos quieran
celebrarlo; entonces si volverá casa el espíritu de estas fechas. Tendré de
nuevo “la excusa” de hacer el árbol y
llenarlo de todos los adornos que ellos quieran y más, de jugar a hacer un Belén
lo más real posible; adornaremos todo con luces y guirnaldas... Y creo que lo
mejor será ver en sus caritas la ilusión de esperar a los Reyes Magos...
No me gusta la Navidad,
aunque hubo algún tiempo en el que sí lo hizo. Aún con todo, estoy segura de
que volverá a gustarme. Supongo que es posible volver a creer.



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