Abrazada por la espalda,
mientras el mar susurraba a lo lejos y el viento me revolvía el pelo, me
dijiste muy bajito al oído… y mi corazón, algo cansado, latió a destiempo por
un segundo. ¿Sabes? No tengo ganas ahora de hablar de eso… Han pasado meses en
los que he esperado que llegase ese momento. No quiero estar triste otra vez y
sentir esa presión en el pecho al recordar… Pero lo valoro, valoro que al menos
hayas sido capaz de decirme “¿quieres hablar?”. Por lo menos me tienes en
cuenta.
Mejor hablemos la noche en la que podamos dormir juntos, para
que si acaso me da por llorar, me encuentre de frente con tus ojos y sienta que no ocurre nada… Para
que puedas abrazarme como haces siempre que tengo miedo.

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"Habla para que yo te conozca", esto lo dijo Sócrates.
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